A continuación el Mosquetón más utilizado durante la guerra (por ser el reglamentario del ejército español cuando estalló) y el que se utilizó en Navalperal. Podeís observar el arma sin bayoneta y con ella. Si ella mide un total de 105 cm, y con ella 144 cm, lo cual hacía que fuese tipo lanza para los asaltos a las posiciones enemigas. Es un fusil de cerrojo que podía albergar hasta 5 balas, las cuales, usualmente se cargaban mediante los peines, como se observa en las fotografías. De hecho el que posee las balas en peor estado proviene de Navalperal, tanto las 5 balas como el peine. El otro, aunque es original de guerra, es comprado y no se de qué zona habrá salido. También incluyo una fotografía de cómo se realizaría la carga del arma, colocando el peine de esa manera y empujando con el pulgar hacia abajo, de tal manera que las 5 balas entrarían en el arma y al cerrar el cerrojo el peine saldría expulsado, normalmente se recogía para reutilizarse, pero es muy común encotrarlos tirados.
Blog acerca de la Guerra Civil en el pueblo de Navalperal de Pinares en la provincia de Ávila.
jueves, 25 de septiembre de 2014
Uniforme Nacional
Por otro lado, el uniforme típico del bando nacional, que era el que estaba en uso en el momento de empezar la guerra. Consistía en unos pantalones polaina, botas (borceguíes) o alpargatas (dependiendo de la estación del año) y gorrillo cuartelero con borla. El fusil que llevan es el Mauser Español, reglamentario en el ejército español y utilizado por ambos bandos en Navalperal.
Uniforme República
Más fotos de la salida a Segovia. En este caso con uniformes típicos de las tropas de la República y que posiblemente llevasen los miembros de la Columna Mangada. El único comentario sería que en la primera foto aparecen 2 tipos de fusiles: El Mauser Español que sí que se utilizó en Navaleperal (el que llevo yo por ejemplo), y por otro lado el Mosin Nagant soviético, muy utilizado por las tropas republicanas, muy común en el frente de Madrid, pero que en Navalperal no estuvo.
Artillería utilizada en Navalperal
Este año, como miembro de la Asociación de Recreación Histórica Frente de Madrid, nos invitaron a la Academia de Artillería de Segovia, donde tienen muchas piezas históricas, entre ellas estos 2 cañones, uno de 155mm y otro de 110mm, ambos estuvieron operativos en Navalperal, tanto por un bando como por otro. Tal vez no puede observarse el tamaño real de ambos cañones, pero realmente son muy grandes. Hay que imaginárselos además haciendo fuego.
Os pongo esta foto para que os hagáis una idea del tamaño del de 155mm. Yo mido 1,90cm y estoy subido en el cañón no en el suelo. Creo que la imagen habla por si sola.
"Nava el Peral o Navalperal de Pinares" V
"Como resumen, puede decirse que eran como pequeños raposos recién salidos de la madriguera, que ajenos al peligro, lo mismo se les veía corriendo por las casas derruidas, como por los tejados cogiendo nidos o metidos en uno de los almacenes de Intendencia, haciendo acopio de lo que mejor les parecía, sin temor ni miedo a nada ni a nadie. Únicamente, se tenía un cierto respeto al Sr. Cura, quien, en algunas ocasiones, cuando no podían escapar, les daba considerables tirones de orejas, y los hacía asistir a la catequesis.
De distracción o recreo para la muy escasa juventud, no existía nada. Únicamente, el día de Santa Teresa, patrona de Intendencia, los militares cerraban la plaza con carros, y toreaban alguna vaquilla, amenizando por ocho o diez músicos militares que venían de Ávila.
Era también relativamente frecuente, principalmente en la segunda mitad del año 1.938, que, debido a la proximidad del frente de Las Navas-Santa María, por las tardes traían en un camión a los soldados que allí morían para ser enterrados en este cementerio, puesto que el de Las Navas estaba semi-dominado por la fusilería y la artillería contrarias.
A estos entierros, que solían ser de dos a cinco soldados, metidos en rudimentarias cajas de madera sin cepillar, Don Felipe hacía que fueran acompañadas por los escasos vecinos y, en particular, por los niños, a los que, en principio, le impresionaba que las cajas se encontraran manchadas de sangre, pero después se insensibilizaron hasta tal punto que lo que les extrañaba era cuando no estaban manchadas.
De esta forma, tal vez no muy correctamente relatado, fue como transcurrió la vida en nuestro pueblo durante el tiempo que duró la Guerra Civil.
Una vez terminada la contienda de aquel (no me cansaré de decirlo) lamentable enfrentamiento entre Españoles, comenzaron a regresar aquellas familias que se habían visto obligados a evacuarse a Madrid algunos años antes.
En aquellos terribles momentos vividos, era frecuente poder ver en las inmediaciones de la estación ferroviaria, refugiados del frío como mejor podían en una nave de madera, que había servido de almacén de materiales de la obra de Saltos del Alberche, a varias mujeres y niños que, siendo del Hoyo de Pinares y Cebreros, no se atrevían a marchar a sus pueblos debido a las grandes agresiones físicas de las que eran objeto.
Con relación a esto anterior, existe un hecho del que personalmente puedo dar fe, y que es el siguiente:
Entre las antes mencionadas familias, había una madre con tres hijos de corta edad, que era del pueblo de Cebreros, y su esposo estaba detenido en Madrid.
Este matrimonio, en los comienzos de la Guerra Civil, tenía una pescadería en nuestro pueblo, y se apellidaban Carrión.
Por las causas que fueran y desconozco, el Sr. Carrión, en los primeros momentos de la contienda, había denunciado a un vecino de Navalperal, al que detuvieron, y que, de no ser por unos sobrinos del detenido, hubiera corrido la misma suerte que D. Juan Martín y sus hijos.
Este vecino que fue detenido por orden del Sr. Carrión, si no directa, sí indirectamente murió a consecuencia de la guerra en Ávila el día trece de Octubre de 1.936.
A la viuda de este señor, alguna gente del pueblo le fueron a comunicar a su casa que se encontraba en el muelle de la estación la mujer de aquel que había denunciado a su marido, y que era el momento de darles un escarmiento.
La respuesta de aquella MARAVILLOSA MADRE Y EXTRAORDINARIA MUJER, de muy grato recuerdo para mí y de la que no digo su nombre puesto que ella jamás quiso que este hecho suyo se supiera; su respuesta, repito, fue que como quiera que hacía una muy fría mañana, llenó una lechera de leche de las dos vacas que tenía, y que era su única fuente de ingresos, y recién cocida conservando su calor, con la lechera en una mano y en la otra su hijo pequeño, se la llevó para que les sirviera de alivio del frío y de alimento al menos aquel día.
Esta acción hecha por una humilde mujer, a la que en mi mente guardo como una reliquia y de cuyo hecho fui testigo presencial, muy bien puede ser comparado como aquel otro ocurrido cuando la toma de Baza por los cristianos a los moros, al que la historia tituló:
EL PERDÓN POR LA VENGANZA
Si bien el regreso a sus pueblos de aquellas familias que se mencionan en el relato anterior, ofrecía un cierto peligro de ser agredidos por sus paisanos: en nuestro pueblo afortunadamente no hubo agresiones personales, al menos agresiones, que hubieran tenido ni mediana importancia.
Al regreso de zona republicana de nuestros paisanos, se encontraron con que sus hogares estaban prácticamente destruidos: las puestas y ventanas, las que existían estaban rotas; sin enseres propios de cocina ni ningún otro objeto; los tabiques de las viviendas tirados; algunos tejados, parcial o totalmente, derrumbados; en fin, casas prácticamente inhabitables.
Varios hombres y alguna mujer de los que habían estado en aquella zona, por sus ideales políticos fueron detenidos y encarcelados, quedando sus mujeres y sus hijos sin amparo y protección.
Ante este desolador panorama, hubo familias enteras que emigraron a Madrid, Barcelona y Valencia.
Los que aquí se quedaron, comenzaron a reconstruir sus vidas con grandes esfuerzos, y como buenamente podían: unos, vendiendo alguna de sus fincas si las tenían, y con el producto de sus ventas, compraban sus yuntas y sus carros; otros, para comprar algún tipo de animal, tales como cerdos, gallinas o simienta de patatas, etc.
Si bien hasta entonces no había existido problema alguno para la alimentación (por la abundancia de alimentos que había), en ese momento ya comenzaron a escasear, y en un periodo muy corto de tiempo fue racionado el pan, el aceite, el azúcar,... en fin, todos los artículos de primera necesidad, y cuyas raciones eran totalmente insuficientes para poder sobrevivir.
Andrés Méndez Herranz, "Nava el Peral o Navalperal de Pinares", Madrid, 1991. pp. 209-212
jueves, 22 de mayo de 2014
Vista desde las trincheras
"Nava el Peral o Navalperal de Pinares" IV
Después de mucho tiempo sin poner ninguna entrada nueva, hoy sigo con otra parte de esta obra de la historia de Navalperal. En los próximos días iré poniendo imágenes de uniformidad de tropas de ambos bandos que estuvieron por la zona. Os dejo con la siguiente parte:
"Una vez que todas aquellas familias de los distintos cerraderos fueron reagrupadas, y, bajo una intensa lluvia, entre el constante tiroteo, las llevaron a campo través por la Cuesta de la Grama hasta que se salió a un camino, en donde les montaron en un camión, llevándoles al pueblo de San Bartolomé de Pinares.
A los tres o cuatro días, y después de haber sido tomada declaración, regresaron a Navalperal, al que encontraron abarrotado de tropas: en su mayoría, moros; las puertas y ventanas de las casas, semi-destrozadas y algunas, quemadas; los interiores de éstas, totalmente desvalijados; todos los enseres propios de las viviendas, tales como platos, sartenes, mesas, etc. rotos y tirados por el suelo no sólo en los interiores, sino por las calles.
Es un dato para mí muy significativo que sin ningún comentario expongo, que cada uno puede interpretar como mejor considere, que lo único que dejaron intacto, en las casas, fueron los jamones y el chorizo de cerdo.
Pasados los primeros ocho días, si bien los moros ya se habían marchado, el pueblo quedó ocupado por una considerable cantidad de militares.
Entonces, sucedió que, si antes Navalperal había sido bombardeado por aviones del Ejército Nacional, en los últimos meses del año 1.936 y primeros de 1.937 fue bombardeado por el Ejército Republicano, lo que solían hacer de día.
Por este motivo, una vez más aquellas pocas familias que en el pueblo había, hubieron de sufrir las consecuencias de aquellos bombardeos.
Para protegerse de estos, durante todo el día permanecían en los Lavaderos Públicos, donde se llevaban el alimento necesario, y, cuando aparecían los aviones, se metían en la alcantarilla que cruza la vía del ferrocarril.
El aviso de alarma de cuando llegaban los aviones lo daban los militares que, con unos prismáticos de largo alcance, hacían constante guardia en la torre de la iglesia, y, cuando los localizaban, tocaban las campanas.
A mediados del año 1.937, ya dejaron de bombardear, y aquellas pocas familias hacían su vida normal sin mayores sobresaltos.
Dada la importante situación que, según los militares, Navalperal tenía, fue convertido en un centro de abastecimiento de los frentes de Madrid, Sierra de Guadarrama y frente de Santa María.
Asimismo, era centro de reagrupación y descanso de las tropas, por lo que existía un constante movimiento de militares: unos que venían a descansar (según decían) de alguna batalla, y aquí se cubrían sus bajas, y otros que al venir éstos se marchaban ellos.
A estos militares les hospedaban en los hoteles de por encima de la vía, en los que no existía nada más que los tejados, ya que las puertas, ventanas y todo lo que fuera de madera había sido quemado para calentarse.
Para el abastecimiento tanto de víveres como de armamento de los frentes antes mencionados, estaba organizado como sigue:
Para los alimentos y ropas había una Compañía del Cuerpo de Intendencia: varios almacenes de distintos alimentos, y todo bajo el mando de un Capitán, llamado Arturo.
El despacho de los alimentos donde los camiones venían a suministrar, era donde hoy se encuentra el Bar "La Parra".
En la casa lindante con el Ayuntamiento, estaba el depósito de aceite.
En el salón de Luis y en su parte alta, había latas de sardinas, de carne congelada, botes pequeños de leche condensada y todas las clases de mermeladas; en la parte baja, estaba lleno de sacos de cebada y de castañas pilongas.
Los extraordinarios bloques de escuelas están abarrotados de toda clase de alimentos, tales como garbanzos, judías, lentejas, patatas, azúcar, café, grandes latas de membrillo, así como igualmente de alpargatas, botas, trajes militares, mantas, en fin, todo lo que se pidiera.
Por toda seguridad como cierre de estos almacenes, tenían un alambre retorcido.
Cuatro de los militares de aquella Compañía de Intendencia, de los que uno se apellidaba Polán y otro Félix, estaban destinados a guardar un muy considerable número de reses vacunas. Estas reses habían sido recogidas de los pueblos de nuestro entorno, cuyos propietarios habían sido evacuados a Madrid, y estaban abandonadas, y otras que, desde la parte de Galicia, se traían por ferrocarril.
Estos vaqueros militares, casi a diario, traían un cierto número de reses para ser sacrificadas en el matadero, en el que igualmente había militares que se ocupaban de hacerlo.
Asimismo, si no de continuo, sí, en determinadas temporadas, tenían manadas de cerdos, a los que los alimentaban con cebada y castañas pilongas.
Para el abastecimiento de armas y municiones para la tropa, había otra Compañía de Artillería al mando de un Comandante, llamado Patricio. Este militar tenía su residencia o puesto de mando en la casa de la finca de "La Pila".
En el edificio en el que actualmente se encuentra la Biblioteca Municipal y los anexos de ésta, en la Plaza de Onésimo Redondo, al final de la calle de Los Mártires y principalmente en la fábrica de maderas, se encontraban fuertemente custodiados los polvorines de municiones y armamento; rodeados todos ellos con alambradas de espinos.
Además de la Compañía de Intendencia y Artillería, en este último polvorín de la fábrica, había una Compañía de Ingenieros y otra de Transmisiones.
En este anterior lugar, estaba lo que llamaban la Plana Mayor de Mando, a la que estaban subordinados todas las demás fuerzas, y a cuyo mando estaba un Coronel de Ingenieros.
Esta considerable actividad que militarmente ejercía Navalperal por toda la parte centro y gran parte del Norte, hizo que fuera aún más conocido y nombrado por toda España, adquiriendo una fama poco deseable, por lo que los militares, cuando eran transportados en los camiones o marchaban formados, como estribillos de los cantares o canciones que entonaban, empleaban, entre otros, el siguiente:
Del pueblo de Navalperal
no tiene que quedar
ni piedra sobre piedra,
la tenemos que quemar.
Esta injusta fama que, a mi juicio, adquirió nuestro pueblo (y que aún se recuerda por varias partes de España; principalmente en Orduña, Arrigorriaga y otras más), influyó muy negativamente a lo largo de muchos años posteriores, principalmente cuando se trataba de lograr alguna subvención por parte del Gobierno.
Durante los años de guerra, las familias que en el pueblo se encontraban, sí bien es verdad que no eran molestadas si no había bombardeo alguno, vivían en un cierto estado de sobresalto.
Para su alimentación, no existía problema alguno puesto que sobraba, y era fácil de conseguir toda clase de alimentos, incluso aquellos no conocidos para ellos entonces: tales como la carne congelada, gran variedad de mermeladas, la leche condensada,...
Toda la agricultura quedó paralizada, y solamente se sembraban algunos huertos de patatas, ocupándose únicamente de la ganadería.
Los niños, prácticamente sin escuela, campaban a sus anchas como fierecillas sin domesticar, siendo el Sr. Cura Don Felipe, el que los retraía en todo lo que le era posible.
Ambientados en la situación del momento que vivían, su principal juego o distracción consistía en coger balas de fusil que en cualquier parte había cantidades de peines enteros, y en una cualquiera de las muchas casas abandonadas ponían lumbre, y sobre la cual echaban las balas. Puede suponerse el tiroteo que se producía, y el peligro al que se exponían.
A pesar de estos peligrosos juegos, nunca ocurrió nada irreparable, si bien en una ocasión a Juan Fragua Cogorro le saltó el pistón de una de las balas, y le hirió en un dedo de una mano sin consecuencias graves".
Andrés Méndez Herranz, "Nava el Peral o Navalperal de Pinares", Madrid, 1991. pp. 204-208.
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